Posteado por: aubombarely | enero 13, 2008

Viaje a Itaca

“Si vas a emprender un viaje hasta Ítaca, pide que el camino sea largo” (K. Kavafis)

El viaje ha comenzado dejando atrás familia, amigos y toda una vida cristalizada en objetos. Sólo me llevo varias mudas, algunos libros, el portátil y los recuerdos que me han moldeado. Mis sentimientos son una extraña mezcla de miedo a lo desconocido e inseguridad, pero por otro lado de ganas de vivir la aventura que se abre ante mis ojos.

No diré que el viaje en avión fue corto, pues ocho horas sentados en el mismo asiento me parecieron eternas, llenas de pensamientos tortuosos y de las incomodidades que las compañías aéreas proporcionan para obtener un buen margen de beneficios. A mi llegada al nuevo mundo divisé tierra desde la ventanilla del avión. Se me antojó la antesala de un enorme pais poblado por millones de visiones. Los pasillos del aeropuerto nos transportaron hasta una enorme sala llena de ventanillas de cristal, llenas de funcionarios de imigración, portadores de autoridad que como efigies vigilantes cuidan la entrada a las nuevas tierras. Se me vino a la cabeza las páginas de la Historia Interminable en la que Bastian se enfrenta a las dos Esfinges que cuidan la entrada al Oráculo. Intenté avanzar sin miedo, pero este campaba a sus anchas entre mis neuronas. Tras un intercambio de preguntas y respuestas, el temido vigilante se relajó y me abrió las puertas con su bendición. Recogí el equipaje y me fui hasta la la parada de autobus que habría de llevarme hasta el otro aeropuerto. Este viaje me dio una buena idea del caos circulatorio que reina en la ciudad de NY y de como sus habitantes se sumergen en él. Fue como un chapuzón en una película de Hollywood, lleno de adelantamientos por carriles de incorporación, continuos toques de claxon y un conductor negro con gorra azul que no dejaba de lanzar improperios al resto de los automóviles. A la llegada al aeropuerto, nueva facturación y mientras llegaba el vuelo, una fajita entre pecho y espalda en un intento de reparar la insípida comida del vuelo transoceánico.

Quizás el último vuelo fue el más pintoresco. Sólo me acompañaba otra persona en un pequeño avión de no más de cincuenta asientos. De hélice, que hacía un ruído insoportable a la vez que inquietante. A estas incertidumbres se unió las turbulencias. Que decir de ellas. Bamboleos en los que solo faltaron poner al avión boca a bajo, y en los cuales veía cada vez más cerca la experiencia de vivir un accidente aéreo. Por la ventana sólo niebla en una noche en la que no se veía nada. Como en una gran sinfonía el aterrizaje estuvo compuesto por varios crescendos hasta que llegar al climax en el cual el avión comenzó a bajar más rápido de lo que había vivido en el momento (y creía que iba a vivir). En el último minuto, Vivace y Largo bajo el dominio controlado del piloto.

Cansado tras un viaje tan largo, con más de 10 horas de avión y 8 de trasbordos bajé en el aeropuerto de Ithaca (NY). Mis amigos me recibieron con una enorme sonrisa y un cálido abrazo que contrastaba con el frío reinante. Había llegado a lo que iba a ser mi casa durante un buen tiempo.

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Respuestas

  1. Me alegra que hayas empezado un diario. Así podré seguirte aunque no coincidamos en horarios por el msg. Aunque de boquerón no te veo. Te pega más lo de ser un oso. Un abrazo desde el Mediterráneo.


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